CUANDO GANA EL 55% Y EL 45% SIGUE EXISTIENDO
- 16 jun
- 4 min de lectura
Antes que lean estos pensamientos, sepan que soy empresario, tengo 55 años. Un industrial que ha lidiado con lógicas que no funcionan, las mismas que atraviesan mercados y gobiernos que hace tiempo dejaron de garantizar la dignidad humana. ¿Estamos dispuestos a revisar las prácticas que sostienen este fenómeno global? En este blog comparto reflexiones asociadas a este fenómeno.

¿Qué ocurre con Suiza? ¿Dejó de ser la nación neutral en Europa o lo fue mientras el contexto lo permitia? Parece que todo cambia cuando el contexto también lo hace...
Generalmente las noticias nos presentar los resultados de una votación como si fueran el final de una historia. Ganó una posición, un partido y perdió el otro. Nos enseñaron a comprender el asunto como resuelto, sin embargo, los efectos en la vida de las personas rara vez funciona así, mecánicamente.
¿Sabías que Suiza hizo un referéndum? Sí, y hace unos días escuche sobre los resultados de esa votación, vinculada a la posibilidad de establecer límites poblacionales y migratorios. El noticiero alemán Tagesschau destacaba que una mayoría había desaprobado la propuesta de que en Suiza puedan vivir máximo 10.000.000 de personas. El 55% se opuso al límite.
Suiza, el país supuestamente más neutral, ¿qué ocurrió con los suizos? Pero más allá de este dato, me puse a pensar y me surgió una pregunta. Esta no tenía que ver con quién ganó o perdió, sino con algo que generalmente pasamos por alto en las votaciones, elecciones: ¿Qué ocurre al día siguiente con quienes no estuvieron de acuerdo, tal vez perdieron su lugar? O incluso sus valores se ven afectados con los resultados de la votación?
Detrás de cualquier porcentaje hay personas. Y cuando una sociedad se divide en porcentajes, como 55% y 45% en Suiza, lo que existe no es una solución definitiva sino una enorme diferencia que seguirá habitando el mismo territorio.
La Democracia cuenta votos, pero las relaciones humanas no desaparecen cuando termina el conteo. Ciertamente sirvió para establece una regla común a partir de la votación, pero esto no resuelve el fondo de la cuestión.
El problema no son las diferencias
Aprendimos a pensar que el objetivo de una sociedad es alcanzar acuerdos. Y claro que los acuerdos son importantes, sin ellos sería imposible convivir. Pero hay algo igual de importante que definitivamente olvidamos considerar: aprender a convivir con desacuerdos. ¿Cómo sucede?
El 55% que apoyó una medida tiene sus razones. El 45% que no la apoyó también.
Detrás de cada posición existen historias personales, experiencias de vida, preocupaciones, temores, expectativas y formas distintas de comprender el mundo. Pero, lo que suele ocurrir en estos casos, es que simplemente transformamos esa «complejidad» en etiquetas:
Progresistas contra conservadores.
Abiertos versus cerrados.
Unos tienen razón y los otros están equivocados.
Racistas contra progresistas
Y cuando hacemos esto dejamos de comprender para empezar a hacer algo diría perverso: clasificar a las personas.
La pregunta que pocas veces hacemos
Tal vez la cuestión más interesante no sea por qué ganó una determinada posición. Tal vez la pregunta más relevante sea: ¿cómo seguimos viviendo juntos em una sociedad después de una votación que divide profundamente a sus integrantes? Porque una comunidad política no se construye solamente cuando existe consenso. Se construye, sobre todo, cuando las personas logran seguir reconociéndose mutuamente aun cuando piensan distinto.
La verdadera prueba para cualquier Democracia no es articular una votación sino
habilitar la capacidad de conversar después de ella: los que perdieron, los que ganaron. Esto nunca ocurre, al menos que yo sepa.
Escuchar no significa estar de acuerdo
Existe una diferencia importante entre escuchar y coincidir.
Escuchar supone aceptar que el otro puede tener razones que yo no comparto y que aun así merecen ser comprendidas: no implica abandonar mis convicciones,
implica reconocer que las personas no llegan a sus posiciones por casualidad.
Llegan a ellas desde sus historias, sus vínculos, sus experiencias y los contextos en los que aprendieron a interpretar la realidad. Quizás por eso las sociedades que parecían fuertes se han derrumbado: no porque nunca pensaron todos por igual, sino porque no fueron capaces de sostener conversaciones difíciles sin transformar automáticamente al otro en un enemigo.
Una tarea pendiente
Vivimos en un momento donde abundan las instituciones, organismos que toman decisiones, pero no veo espacios dedicados a comprender diferencias.
Escuelas, empresas, organizaciones sociales, municipios y comunidades podrían convertirse en lugares donde las personas aprendan algo que hoy parece cada vez más necesario: conversar con quienes ven el mundo de otra manera.
No para convencerlos. No para vencerlos, sino para comprender mejor aquello que compartimos. Porque cuando una elección termina, el 55% sigue ahí, pero el 45% también. Y tal vez el futuro de una comunidad dependa menos de quién ganó la votación y más de cómo decidimos convivir con quienes no votaron como nosotros.
Hace tiempo siento que pertenezco al 45% de los discursos y relatos en mi país. Tal vez estoy equivocado...
Christian Eulerich
PD: Esta es solo mi opinión. Hay temas que, al conversarlos, movilizan nuestras ideologías y nuestras creencias de vida más profundas. Por eso, mis escritos están asociados a la dificultad de plantear lo incómodo de la economía en el contexto de mi entorno socioeconómico. Encontrar personas dispuestas a abordar estos temas no es sencillo. Aquí un 🔗 enlace para registrarte y recibir avisos sobre próximos posteos. Valoro que me hayas leído.



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